Una malagueña ilustre y desconocida

Conviví con la señorita Laura Aguirre Hilla durante doce años. Nació en Málaga el 23 de febrero de 1901 y fue un ejemplo de humildad y entrega a los necesitados. Miembro de una familia adinerada, hija del notario Francisco Aguirre Lerdo de Tejada, pudo ser una persona favorecida en la sociedad por la posición y cultura que tenía. Sin embargo, tras un momento crucial, decidió entregar su vida a Dios y a los más desfavorecidos, siendo la acogida de niñas huérfanas de posguerra la misión que eligió humilde y calladamente en el pueblo de Álora, desde 1950 a 1986, que fue cuando murió.

Ahora esa obra es continuada por una comunidad de religiosas que tomaron el relevo de su gran hazaña. ¡Pregunten a todos los vecinos de Álora y sus alrededores! ¡Éstos sí saben de ella! Estoy recogiendo buena parte de su historia en el libro ‘Una vida para los demás’, que continúa en periodo de elaboración.

Mujer Malagueña, ¡así! con mayúscula. Es hora de que se sepa en toda Málaga que hemos tenido entre nosotros a personas con este carisma y yo, en particular, lo quiero hacer constar en estas líneas sobre una mujer ejemplar. Debemos sentirnos orgullosos de estos seres nacidos en nuestra tierra y hacer que su luz no se apague.

Los medios recogen cualquier información; noticias de todo tipo, pero tenemos la tendencia a no dar importancia a estas personas que se dedican a hacer el bien de una manera humilde y callada, y son pocos los que se interesan por estas cosas. Hoy en día «esto no vende»…

Yo me he permitido, pues se lo debo, hablar de ella y hacer de enlace de todas esas niñas que en esos años compartimos una etapa de nuestra vida bajo su mismo techo, siendo portadoras de sus enseñanzas.

Recojamos estas, aunque con efecto retroactivo, y echemos campanas al vuelo celebrando la labor encomiable de una malagueña tan digna de mención. ¡Que se le conozca! ¡Que enseñemos a nuestros hijos que estos seres existen!

Cuando te pregunten por un ángel, ponle ese ejemplo de personas que se entregan a Dios a los demás y que, cuando se marchan, nos dejan una estela a seguir.

Debido a los años durante los que he convivido con ella no puedo impedir que en mi vida esté siempre presente. Me enseñó una frase de San José María Balaguer de la que era fiel seguidora, que me la dejó cómo tatuada. «Señor, que quien me mire te vea». Nos decía a nosotras, ‘sus niñas’: «Sois la realidad de hoy y la esperanza del mañana». Así, o con palabras similares, nos indicaba que teníamos que ser mujeres de bien.

Yo, cuando estoy con los grupos de niños, les digo algo muy parecido. Estoy convencida de que ellos serán nuestros gobernantes, sacerdotes, políticos, padres de familias, e incluso presidente de la nación… ¿por qué no? Algunos santos. Los animo a que estudien y se preparen para ello con todo su esmero, pues de ellos va a depender el bienestar del futuro. Me miran con los ojos muy abiertos como no comprendiendo su significado. Ya lo entenderán; cuestión de tiempo.

Sólo me queda por decir que a Málaga se le conozca también por la ejemplaridad de todos estos ángeles que han pasado revoloteando tan cerca de nosotros y no hemos tenido la oportunidad de conocer su maravillosa obra hecha, solo y únicamente, que no es poco, por amor a Dios y al necesitado.

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