Una anécdota de la Srta. Laura

Laura Aguirre Hilla (la Señorita Laura) es una malagueña ilustre y, todavía, desconocida por muchos, nacida en Málaga en 1901 y fallecida en la ciudad malagueña de Álora en 1986. ¿Ilustre por qué?, se preguntarán muchos lectores. ¿Esta señora fundó alguna institución importante, escribió libros, atesoró un gran patrimonio, ocupó puestos relevantes? Nada de eso. Esta mujer pasó los casi 85 años de su existencia terrena sin hacer ruido, ocupando siempre el lugar menos ostentoso y yo diría -por lo qué cuentan los que la conocieron- sin levantar la voz ni perder la compostura. Y, sin embargo, dejó en los demás la impresión de esa cualidad difusa, pero impactante y misteriosa, que llamamos santidad. Por ello el Obispado de Málaga abre su causa de beatificación el 7 de octubre de 2019, día de la Virgen de Rosario, práctica piadosa de la que ella era tan devota.

Voy a contar una anécdota de la Sierva de Dios (ahora podemos llamarla así), que creo la retrata bien.

Laura acostumbraba a viajar frecuentemente a Málaga desde Álora, donde tenía su escuela de niñas. El motivo de tales viajes era recaudar fondos para sus niñas. Laura visitaba a sus familiares y amigos, gente acomodada, y los invitaba a compartir con caridad; o, dicho en términos profanos, les “daba un sablazo”.

Un día iba a Málaga acompañada por María,  una fiel  colaboradora. Hacían su viaje en tren. La Señorita Laura llevaba unos zapatos desvencijados, aunque limpísimos, que ella misma, como cuenta María, había reparado poniendo unos cartones a modo de suelas. Los pobres zapatos dejaban pasar la humedad y el frío y los cartones, mojados por el suelo húmedo, comenzaban a deshacerse. Un señor que sube detrás de ella al tren se ha dado cuenta. Se dirige a ella y tienen un diálogo que  según su colaboradora,  debió de ser algo así:

– Señorita Laura, ¿cómo lleva usted estos zapatos? Va a coger una pulmonía.
– No se preocupe usted, estoy bien.
– Pero, ¿no tiene usted para comprarse unos zapatos?
– Necesito el dinero para las necesidades de mis niñas; mis zapatos pueden esperar.
– Me va a usted permitir que le dé esto, para que se compre unos zapatos.

El buen señor saca de su cartera un billete de mil pesetas (lo que en aquella época era una cantidad nada despreciable) y se lo entrega a Laura. Ella, abrumada, al final lo acepta (seguramente pensando en que se lo iba a gastar en sus niñas).

María, la acompañante de Laura, que ha observado con asombro la escena, le pregunta al señor que quién es, a quién tienen que agradecer el detalle. El señor le contesta que se llama Tomás García, que es de Álora, aunque ha vivido mucho tiempo fuera, que es comunista (“un hombre muy malo, según dicen”, recuerda María que dijo) y que, además, tiene una hermana monja. No sabemos a Laura, pero a María el nombre de Tomás García le era desconocido.

Se trataba de Tomás García García, el abogado y político de Álora, diputado por Málaga, uno de los redactores de los Pactos de la Moncloa  y Consejero de la Junta de Andalucía en el gobierno preautonómico; recibe importantes distinciones, entre ellas la Medalla de Plata de Andalucía.  Cuando se retira de la política pone en marcha, en Álora,  la fundación que lleva su nombre, hoy desgraciadamente desaparecida.

Que dos aloreños tan ilustres y tan distintos coincidieran, que dos trayectorias vitales tan dispares se cruzaran en un momento, era inesperada y casi irrepetible casualidad. La Señorita Laura seguramente pensó que era “providencial”.

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